CRIPTOGRAFÍAS DEL SILENCIO
“En el principio era el verbo y el verbo era Dios y el verbo estaba con Dios” dice la biblia. Señal de la sacralidad de la palabra, del respeto por lo que se expresa con las letras, de la mesura y conciencia con la que se tiene que utilizar la escritura. Porque el que cuida y atesora sus textos y la utilidad que deben de tener éstos, está más cerca de lo sagrado. Entonces el peso de lo que nace de su tinta se hace de tamaño más universal. Eso lo sabían o lo adivinaban los más rústicos y también los más callados. Los que sin aspavientos de erudito o pose de engañabobos, se dedicaban a pulir sus temblorosas letras para regalárselas a sus semejantes. Así es, todo lo que escribimos tiene que tener una utilidad y una función comunitaria… y eso se vislumbra en las oraciones y enunciados de los primeros maestros de los relatos y los memoriales. En estas geografías del país hubo varios, todos de origen sencillo y genuino. El más recordado se llamó Felipe Montero. Era de Cuautla y la tinta...